El día que conocí a Jordi Pujol

“Nos va a recibir el molt honorable”. Ni mis otros cuatro compañeros de práctica (ni nuestro profesor, que nos confesó después que esperaba que volviéramos con las manos vacías) acabábamos de creernos que alguien de la altura de Jordi Pujol se hubiese prestado a una entrevista. Era la primera de tipo interpretativo que debía escribir en mi vida, es decir, más allá del formato pregunta y respuesta. Jordi Pujol, ni más ni menos. Una siempre se crece ante los retos.

“Portes esclops?” Increíblemente, fue lo primero que nos dijo tras el “bon dia, nois”. Fue a mi compañera, a quien le sonaban escandalosamente los tacones que se había puesto para la ocasión en ese pasillo con parqué de madera que conducía a su despacho. A veces fantaseo con respuestas tan escandalosas como el sonido de esos tacones, tipo “esta oficina se paga con dinero público, déjeme usted zapatear con garbo”. Qué cosas. Mi compañera se disculpó ruborizada, Pujol sonrió condescendiente. Ocupamos cada uno un asiento, él se sentó en un extremo y a pesar de ser la mesa grande recuerdo estar bastante cerca de él.

Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat de Cataluña, y su mujer, Marta Ferrusola, llegando a la Audiencia Nacional. 10 de febrero de 2016.

Primera sorpresa: “a veure, les preguntes” y gesto con la mano para que quedase claro el traed,  pequeños, es una orden. No contestamos en seguida. Primero nos miramos todos asombrados y tras unos segundos de incertidumbre un compañero le dijo que no las llevaba escritas. Pujol sonrió y le dijo que lo hiciera. Nos pidió no más de cinco por persona, le entregamos el papel y ahí llegó la segunda sorpresa (oh, inocencia interrumpida): sacó un bolígrafo y empezó a tachar. “Això no toca, això tampoc, això altre… mmmmm… tampoc”. Me encantaría conservar nuestros papelitos de periodistas en ciernes para poder revelar cuáles fueron sus negativas, por supuesto ha pasado mucho tiempo y no suelo acumular tan preciado material, pero como comprenderán, aquellas que se perdieron en intenciones fueron todas aquellas cuestiones mínimamente críticas. Mínimamente, porque como comprenderán también por aquellos entonces Jordi Pujol era una de las personas más respetadas de Cataluña (nada de corruptelas aún) y porque nuestro nivel de madurez periodística aún dejaba mucho que desear. Por si acaso, debió pensar Pujol. En lo que no debió pensar es en que los recuerdos de infancia y juventud son los más fuertes y siempre están ahí. Pese al tiempo.

Que Jordi Pujol parece que está dormido permanentemente es algo bastante popular entre quienes hemos presenciado algún acto o declaración del molt honorable. Tiene ese gesto de entrar medio en trance propio de chamanes o líderes de tribu que hace que reine el desconcierto durante unos segundos para que, cuando el más atrevido quiere comprobar si está o no está, abrir la boca de repente y contestar consecuentemente a la cuestión planteada. Así transcurrió la auto entrevista. Pregunta, pausa dramática, contestación sin grandes sorpresas. Recuerdo la fascinación que me produjeron esas micro siestas inexistentes de segundos entre una y otra. Cuanto más cerraba él los ojos, más los abría yo, intentando descodificar el rito, hallar un patrón. Preguntas aceptadas resueltas y suena el teléfono: “Sí Marta sí, dinarem junts, no et preocupis que ara acabo amb aquests nois estudiants”.

Sí, era Marta Ferrusola y tras la breve conversación Jordi Pujol hizo una especie de chiste o de observación (uno nunca sabía muy bien porque nunca abandonaba el tono solemne) sobre que en casa quien mandaba era Marta y que si Marta llamaba para comer, había que ir a comer, especialmente ahora que ya era ex president. A Marta siempre se le hacía caso. Él y toda la familia. Los Pujol son, en realidad, los Ferrusola.

Me pusieron un excelente. Y no, no conservo el texto.

Author: tvuhost

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